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Dr. Marc Argemí. Docente del Máster en Dirección de Comunicación Empresarial y Corporativa

Director de Sibilare, consultora especializada en comunicación y Big Data

Descifrando los rumores en las redes sociales

27 octubre 2016

Los libros de historia y las noticias contadas por los medios de comunicación han tenido, desde siempre, un hermano pequeño, tradicionalmente minusvalorado: el rumor. Por contraste, el chisme, rumoreo o el se dice y se comenta ha sido considerado, las más de las veces, como un producto informativo de baja calidad, incapaz de competir contra la noticia o los ensayos históricos en términos de credibilidad. El rumor, de suyo, se consideraba calumnioso en el peor de los casos, inexacto, en el mejor, y despreciable en cualquier de los casos.

No obstante, de repente, las redes sociales le han proporcionado un acceso a las audiencias igual o mejor que noticias enormemente elaboradas o sesudos ensayos. Y la desinformación se ha convertido en un ecosistema informativo habitual para muchas personas, que consumen información sobre actualidad y sobre marcas e instituciones a través de plataformas como Facebook o Twitter.

¿Qué es el rumor?

Existen muchas más definiciones[1]. Quizás la que aporta algo a las anteriores sea aquella según la cual el rumor es una “información que es sospechosa debido a sus orígenes inciertos y no autorizados en el sistema social”[2]. Me gusta especialmente la que la inglesa Rosemary Pritchard formuló en 1943: “el rumor es una historia, pasada boca a boca, que pretende ofrecer ciertos hechos o informaciones, pero que, en realidad, no hay otra prueba que un testimonio de oídas”[3].

A diferencia de la noticia, el rumor no tiene porqué ser siempre un producto fabricado, que deba reunir necesariamente unas características aportadas por el fabricante, aunque en ocasiones así sea. Fabricado o no, una vez en movimiento, el rumor es un fenómeno social, que tiene unas condiciones que facilitan su aparición y su difusión. Los rumores aparecen, son creídos y se difunden allí donde haya ansiedad personal, incertidumbre general, temas de vital importancia en juego y credulidad entre el público[4].

Rumor redes sociales

Las categorías del rumor

Así como las noticias se consumen porque permiten cubrir una necesidad de información en la audiencia, los rumores tienen la capacidad de satisfacer requerimientos de lo más diverso. Allan Kimmel[5] resume las propuestas de clasificación de los rumores en una larga serie de categorías, que pueden dar pistas sobre la función social o psicológica que cumplen en la audiencia. Hay rumores que encarnan sueños, y reflejan las esperanzas o los deseos del público que los difunde. Los hay que reflejan, en cambio, los miedos o las angustias. También el rumor puede manifestar el odio entre grupos, y cumplen la función de expresar de forma indirecta malestares y discordias. Tienden a dividir el grupo o minar las relaciones interpersonales, y son habituales en contextos de racismo y en los estadios previos a disturbios étnicos. En el caso extremo, son los que activan, aceleran y justifican el mecanismo del chivo expiatorio que describía René Girard. Creerse un rumor racista o xenófobo puede acabar siendo una forma de canalizar el odio de forma solapada. Los hay, de rumores, espontáneos: surgen de forma natural ante una crisis, un atentado terrorista, una catástrofe natural, o en otras situaciones marcadas por exceso de tensión, desconfianza y confusión.

Los más sorprendentes, y muy actuales, son los rumores conspirativos: explican políticas o prácticas de compañías comerciales o de instituciones que son consideradas amenazadoras, o al menos ideológicamente indeseables para los consumidores. Primos hermanos de éstos son los proféticos, que predicen acontecimientos. En ocasiones, el propio rumor altera las percepciones y los comportamientos del público de forma que aumente la probabilidad de que el hecho sobre el que se hace la profecía efectivamente suceda. El caso, por ejemplo, de la quiebra de un banco: corre el rumor de que el banco tal va a cerrar, todo el mundo se apresta a retirar los depósitos, y el banco -nunca un banco tiene disponible todo el dinero que los clientes han dejado en depósito- acaba cerrando.

En comparación con la noticia, el proceso que sigue el rumor para satisfacer los mismos gustos y necesidades de la audiencia es, como se ve, mucho más misterioso, pero a la vez más rápido. El rumor, como la noticia, es capaz de establecer qué es lo relevante (lo que merece ser comentado colectivamente) en cada momento en el ámbito en que uno se mueve, de modo que sea percibido como lo que revela la auténtica agenda; y de proporcionar un mapa comprensivo de lo que ocurre. Además, puede tener el gran atractivo de justificar el propio punto de vista o descargar las responsabilidades, como ocurre con los rumores de odio o los rumores conspirativo.

En el rumor, además, la selección no viene dada por unos criterios, sino más bien por unas condiciones que hacen más o menos probable o favorable su aparición. La fabricación es, en la mayoría de los casos, espontánea y colectiva, de modo que el mismo producto va modificándose a medida que pasa de persona a persona. La distribución no necesita de medios de comunicación, sino que se basa sobre todo en las relaciones personales. Y, ahora, las redes sociales.

El Rumor en las redes sociales

La contraposición entre rumores y noticias puede resultar útil para comprender el ecosistema comunicativo generado a partir de la difusión de las redes sociales. Han entrado en competencia, y se ha alterado el tiempo -todo es inmediato- y el espacio -todo es potencialmente difundible hasta miles de kilómetros del lugar de los hechos.

Se precisa encontrar un nuevo modo de leer e interpretar toda la avalancha de información que nos llega a través de las redes sociales y los medios al mismo tiempo. El riesgo de recurrir tan sólo a quienes nos confirman nuestros prejuicios es tan real como reales se pueden detectar sus consecuencias en el debate político de muchos países con poblaciones digitalizadas: unas sociedades con compartimentos cada vez más estancos, donde el genuino contraste de ideas entre las distintas propuestas ha sido sustituido por una constelación de mundos paralelos.

Del mismo modo que la interpretación de los medios requería, en los lectores y en los periodistas, un sentido de la noticia (de lo que es y de lo que no es, de lo que debe ser y de cómo debe ser), se precisa ahora un sentido del rumor, que nos permita extraer de la sobreinformación y desinformación dominante el destilado de cierto que hay en ella.

 

[1] Ver, por ejemplo, las que realizan Kapferer, J-N (1989). Rumores. El medio de difusión más antiguo del mundo, Plaza & Janés; Rosnow, R. L. i A. J. Kimmel (2000). Rumors. Dentro de A. E. Kazdin (Ed.) Encyclopedia of psychology (vol. 7), New York University Press & American Psychological Association: 122-123; Fine, Gary Alan i Patricia A. Turner (2001). Whispers on the color line: rumor and race in America. Berkeley, University of California Press;

[2] Fine, G. A. (2004). Rumor Matters: An Introductory Essay. Dentro de Rumor mills: the social impact of rumor and legend. G. A. Fine, V. Campion-Vincent y C. Heath. New York, Aldine de Gruyter.

[3] Pritchard, Rosemary (16/1/1943). “Rumor”, Army Bureau of Current Affairs 35

[4] Rosnow, Ralph L. (1988). “Rumor as Communication: A Contextualist Approach”, Journal of Communication 38 (1): 12–28. Más recientemente DiFonzo y Bordia enumeran tres ingredientes de la actividad del rumor: creencia, incertidumbre y ansiedad (DiFonzo, Nicholas i Prashant Bordia (2002). “Corporate rumor activity, belief and accuracy”, Public Relations Review 28(1): 1-19, página 15). Allport y Postman apuntaban sólo importancia y ambigüidad.

[5] Kimmel, Allan J. (2004). Rumors and rumor control: a manager’s guide to understanding and combatting rumors. Mahwah (New Jersey), Lawrence Erlbaum. Páginas 32-47.

¿Sabías que...?

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