Miquel Barceló. Docente Máster en Business Innovation

Presidente de Innovation Innopro Consulting Board

La creatividad como fuente de innovación

16 junio 2020

Si recordamos las distintas definiciones sobre innovación que vemos en el Máster en Business Innovation, y las intentamos reducir a ideas clave destacaríamos: crear nuevos recursos; adaptar recursos existentes; crear riqueza, un cambio; proceso que transforma una idea en valor para el cliente; crear beneficios para la empresa; generar un flujo constante de innovaciones, etc. Si queremos sintetizar aún más estas ideas clave las podríamos concentrar en dos conceptos: proceso sistemático y acto de creación: gestión y creatividad.

Gestión porque el proceso de innovación no es solo el resultado de una idea brillante formulada por una persona individual. Como podemos ver en el libro Citynomics del que soy autor, la innovación se gestiona de forma sistemática mediante metodologías concretas que permiten transformar las ideas en proyectos transformadores.

Por tanto, innovación es sinónimo de gestión, de metodología y de proceso sistemático y continuado que implica al conjunto de la empresa y, eventualmente, a otros agentes externos.

Creatividad porque el proceso de innovación significa la creación de algo nuevo que antes no existía. El acto creativo está ineludiblemente en el centro del proceso de innovación porque sin él es imposible crear nada nuevo; con los procesos sistemáticos podemos administrar una empresa. Pero para que esta se constituya como una fuente continua de riqueza y de valor para el cliente, debemos introducir la creatividad en el núcleo de los procesos sistemáticos  que la definen.

¿Qué creatividad?

¿De qué tipo de creatividad estamos hablando? ¿De la de un poeta, un músico o un escritor; la de un científico o un ingeniero; la de un artesano o un agricultor? Todos ellos intentan crear algo nuevo que antes no existía, todos ellos son creadores. ¿Por qué se suele asignar un valor y un reconocimiento social distinto a los actos creativos según sean el ámbito o la disciplina?. El conocimiento, la creatividad, la innovación son elementos del acto creativo que desarrollan millones de personas cada día en todo el mundo. Veamos algunos aspectos sobre cómo ha sido tratada la creatividad desde el mundo intelectual.

C. P.  Snow en su obra «The Two Cultures», las dos culturas, manifiesta su sorpresa cuando en numerosas reuniones con personas consideradas cultas según los estándares de la cultura tradicional, estas se refieren a la supuesta incultura de los científicos.  Y ante ello añade: “Una o dos veces me han provocado y he preguntado a quienes estaban presentes cuántos de ellos podían describir la Segunda Ley de la Termodinámica”. La respuesta fue fría, y también negativa. Y sin embargo, lo que yo preguntaba puede considerarse el equivalente científico de “¿ha leído usted alguna obra de Shakespeare?”. Las personas consideradas cultas y creativas según la cultura tradicional, en el fondo ignoran buena parte de “las otras culturas”. En realidad son ignorantes que ignoran su propia ignorancia. Pueden ser creativas dentro de su parcela cultural pero no lo son en sentido amplio.

Por otra parte, el gran pensador y humanista George Steiner manifiesta su opinión sobre el acto creativo: «el misterio de la creación es el que me ha fascinado toda la vida». Y añade que el acto de crear es profundamente diferente de la más brillante de las opiniones. ¿Cuándo realmente creamos algo nuevo y cuándo nos limitamos a emitir solamente opiniones? Por brillantes que estas sean, con ellas no demostramos nuestra capacidad creativa.

Según Steiner, «La maravilla de los grandes creadores es una cosa que simplemente no entendemos». El acto creativo sería pues algo mágico que escapa a nuestra comprensión y por tanto contrario a toda idea de gestión de metodología o de sistemática. Sin embargo, Steiner también manifiesta sus dudas, y añade que quizás el misterio se explica por la existencia de las metáforas y por la habilidad de conectar regiones desconectadas de la mente humana. ¿Podemos ayudar a activar estas conexiones?, ¿quizás podemos hacerlo mediante la sistemática?, ¿es decir, mediante metodologías adecuadas a cada caso? Insistiremos en la creatividad y las regiones del cerebro en un próximo artículo.

El mismo Steiner en su obra Fragments (2013), afirma que: «…la creatividad de primer orden, que a menudo se compara metafóricamente con la creatividad divina, no se puede comprender y, todavía menos, predecir». ¿Será que la creatividad que alimenta a la innovación no sería de primer orden? ¿Quién determina estas categorías creativas?, ¿qué sería de primer orden y qué de segundo orden? En este libro, Steiner habla de leones y de ratones, siendo los primeros los creativos de primer orden y los segundos el resto de la humanidad entre los que él mismo se coloca. Este discurso entronca con la idea de creación y genio creativo. ¿Es esto así en la creación que lleva a la innovación?, ¿solamente el genio puede crear y, por tanto, innovar?

Para profundizar en este tema, acudiremos también a uno de los escritores más creativos de la historia de la literatura, nos referimos a mi admirado Stefan Zweig al que ya he citado en alguna otra ocasión. Zweig se refiere al «acto divino de la creación, en virtud del cual surgía algo nuevo de la nada». El acto creativo es pues algo mágico y maravilloso (Steiner), divino (Zweig) pero a su vez al alcance de unos (pocos) seres humanos tocados de esta gracia divina, mágica y maravillosa. Partiendo de la visión de Zweig, se derivaría que, si queremos innovar en una organización, o bien encontramos alguno de estos «leones» maravillosos o no habría nada que hacer. ¿Esto es así, o es por el contrario posible que cualquier organización pueda, con las ayudas adecuadas, ser creativa e innovadora?.

Zweig en su obra «El misterio de la creación» distingue sin embargo entre dos tipos de «leones» creativos, y esta distinción puede que nos permita conectar con nuestro concepto de innovación. El autor empieza afirmando: «De todos los misterios del universo, ninguno más profundo que el de la creación». En este sentido el acto creativo sería un milagro que realiza «…un hombre o una mujer». Sería pues un acto individual. Pero, Zweig se pregunta, «… ¿cómo realizó aquel hombre ese milagro? Llevando a cabo simplemente aquel acto divino de la creación, en virtud del cual surgía algo nuevo de la nada».  Y pone como ejemplos un músico, un pintor o un poeta como paradigmas del genio creativo. Entre los ejemplos no se cuentan ni un científico ni un ingeniero ni un artesano.

Y añade: «¿Cómo puede suceder tal milagro en nuestro mundo, que parece haberse tornado tan mecánico y sistemático?». Estamos en el año 1940, en plena segunda revolución industrial, en un mundo dominado por la mecánica y la sistemática productiva, sinónimos para el autor de falta de creatividad. Es el mundo taylorista y fordista que está realizando una revolución de la productividad, única en la historia de la humanidad, a partir de la sistemática y de los métodos y tiempos aplicados al proceso industrial. ¿Fueron Taylor y sus discípulos creativos? ¿Crearon algo nuevo de la nada? ¿Lideraron una revolución a partir de la creatividad y la innovación? Yo creo que sí. Pero en 1940, mentes privilegiadas como la de Stefan Zweig pensaban que no y limitaban la creación a la cultura tradicional, al mundo artístico.

Zweig, en su investigación sobre el proceso creativo, en el mundo de las artes y las letras, descubre que «…todos esos hombres creadores… casi nunca revelan el secreto de la creación». Y se pregunta: «¿Por qué no nos describen su modo de crear?» Y contesta: «(el artista, durante el acto creativo) … No está con sus propios sentidos…. No es dueño de su propia razón, pues toda creación verdadera solo acontece mientras el artista se halla hasta cierto grado fuera de sí mismo, cuando se olvida de si mismo, cuando se encuentra en una situación de éxtasis». «El artista solo puede crear su mundo imaginario olvidándose del mundo real». Sin embargo, en el ámbito empresarial el profesional en su acto creativo e innovador, no solo no puede olvidarse del mundo real sino que debe estar impregnado de realidad para crear valor viable y real.

Zweig investiga el proceso que lleva a la creación a dos músicos geniales como Mozart y Beethoven y descubre con sorpresa que seguían métodos totalmente distintos. Mientras que no encuentra borradores ni correcciones en las composiciones de Mozart que escribe su música a la primera sin corregir nada, en cambio el proceso creativo de Beethoven se basaba en «infinidad de trabajos preliminares». A partir de los cuales escribía el primer manuscrito y luego el segundo con modificaciones y el tercero hasta la extenuación propia y de todos cuantos le rodeaban. Algo parecido a lo que dicen que hacia el gran Orson Wells con el montaje de sus películas.

Observando a estos dos grandes músicos, Zweig se da cuenta de que es posible llegar a los mismos resultados brillantes a través de actos creativos muy distintos. La misma observación la hace en el caso de poetas o de escritores.

Zweig llega a la conclusión de que el acto creativo requiere una condición previa que es la concentración. A partir de esta condición previa, el acto creativo puede darse mediante la inspiración divina o mediante el trabajo humano. Y añade que «…los dos estados suelen estar mezclados misteriosamente en el artista. No basta que el artista esté inspirado para que produzca. Debe, además, trabajar y trabajar para llevar esta inspiración a la forma perfecta». Se trata pues de inspiración más trabajo.  La inspiración nace «…de esos rayos divinos que de repente resplandecen en el artista…pero solo resplandecen por instantes… un instante de iluminación». Y añade: «…el método no es nada; la perfección lo es todo…»

Zweig no contempla la posibilidad de alcanzar la perfección tan solo por medio del método y de la sistemática; la inspiración divina es imprescindible.

Al parecer Zweig no conocía, o por lo menos no se refiere a, la famosa frase «90 por ciento de transpiración y 10 % de inspiración», atribuida según unos a Pablo Picaso y otros a T.A. Edison, aunque es probable que la aceptaran los dos genios y, a la vez, incansables trabajadores, el uno del arte o el otro de la innovación. ¿Alguien duda de que Picasso y Edison fueron geniales creadores? Ambos sumaban inspiración y trabajo sistemático en el ejercicio de su genialidad creativa. Ambos sabían gestionar la creatividad en sus respectivas actividades.

Creatividad e innovación en la empresa

Hemos visto que la innovación se hace en la empresa y que no existe innovación sin creatividad. La pregunta que deberíamos hacernos podría ser: ¿cómo integramos gestión y creatividad?

Mediante el trabajo en equipo, la selección de personas creativas, la creación de equipos de trabajo plurales en donde se unan perfiles personales distintos que fomenten la creatividad y el liderazgo fuerte de estos equipos.  Equipos que tengan un factor Q como los que explica Jonah Lehrer (Imagine, 2012).

Mediante el uso de metodologías que activen la creatividad y la innovación, como las que hemos apuntado en algunos artículos anteriores. Propongo el desarrollo de una nueva disciplina: la gestión de la creatividad para la innovación.

¿Seremos capaces de fomentar la cultura de la creatividad, superando las dos culturas que ya denunciaba Snow hace años? Se trata de orientar el talento hacia la creatividad y la innovación. Se trata de ser tan milagrosos y divinos como los artistas creativos de los que nos hablan Zweig y Steiner y a la vez aplicar metodologías sistemáticas de gestión de la innovación como las que vemos en el MBI.

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